
A las doce y un minuto, abrí la ventana para comprobar si el aire de 2026 olía distinto. No olía a coche nuevo ni a milagro tecnológico; olía a lo de siempre: a pólvora, a la cena de anoche y a esa esperanza ciega que nos entra cuando el calendario estrena número.
Miré de reojo mi lista de propósitos de 2025 y, tras confirmar que «aprender a cocinar con algas» se quedó en «pedir pizza con extra de queso», decidí que este año iba a ser diferente. He decidido no pedirle al 2026 que nos convierta en astronautas ni en gurús del orden. Mi ambición para este año es más salvaje: que cuando busquemos las llaves, aparezcan a la primera; que el café no se enfríe mientras atendemos un drama ajeno en el grupo de WhatsApp; y que, por una vez, entendamos la factura de la luz sin necesidad de un traductor.
Dicen que el 2026 viene cargado de incertidumbres, pero mientras la paciencia no se nos agote antes que la batería del móvil y sigamos teniendo a quién enviarle un meme a deshoras, el pronóstico es favorable. Porque al final, el truco no es que el año sea perfecto, sino que nosotros seamos lo suficientemente listos como para disfrutar de las imperfecciones.
Brindo por nosotros: por seguir aquí, por reírnos de lo mismo y por estrenar estos 365 días con la calma de quien sabe que, si el plan A falla, el abecedario es largo.
¡Feliz 2026! Que nos trate, al menos, tan bien como nosotros tratamos a los amigos.
