El arte de envejecer bien

(y de reírse de ello)

Un año más lejos de mi juventud.
Suena a pérdida si lo mides en calendarios, pero suena a conquista si lo mides en cicatrices. Porque esa versión mía de antes —la que corría sin saber adónde, la que se angustiaba por lo que otros pensaban, la que confundía ruido con vida— no tenía ni idea del paisaje que vendría después.

Hoy, un año más viejo, me descubro más liviano. He dejado de acumular años para empezar a destilar experiencia. He cambiado la prisa por el rumbo, la urgencia por la presencia, la máscara por la piel que fui eligiendo a golpe de decisiones. Y aunque el espejo me devuelve señales del tiempo —y alguna cana que otra que jura no ser mía—, el alma me devuelve certezas: sé lo que quiero, sé a quién abrazo y, sobre todo, sé lo que ya no voy a tolerar (empezando por los cumpleaños con velas que parecen extintores).

Menos mal que aquel joven inseguro se fue. Menos mal que hoy soplo las velas sin pedir deseos imposibles, porque los posibles ya los estoy construyendo. La mejor edad no es un número, es un estado de ánimo: el de quien ha aprendido a disfrutar el trayecto sin obsesionarse con el destino —y que además ya sabe que la resaca al día siguiente dura el doble, pero que se compensa con la sabiduría de no repetir los mismos errores (solo los divertidos).

Así que celebro no los años que pasan, sino el privilegio de haber llegado hasta aquí. Con más memoria para lo que importa, más paciencia para lo que duele y más gratitud por cada persona que ha decidido quedarse en mi órbita. Los calendarios suman, pero el alma resta: resta ansiedad, resta ruido, resta miedo a no ser suficiente.

Que venga este nuevo ciclo con la misma intensidad con la que yo decido vivirlo. Sin nostalgia por lo que fue, sin ansiedad por lo que será, solo con la certeza de que no vuelvo atrás, sino que avanzo hacia la única versión de mí que vale la pena habitar: la que ya no necesita ser joven para sentirse profundamente viva.

Feliz cumpleaños a quien ha aprendido a envejecer sin envejecerse. A mí. Y a todos los que aún están aprendiendo a hacerlo conmigo —preferiblemente con tarta, que con la edad también aprendí que el azúcar es un abrazo comestible.

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